
Las olas hamacaban su cuerpo, el calor del tibio sol matinal acariciaba sus párpados que aún querían gozar un poco mas de la ceguera del sueño, el viento hacía bolsas contra las velas dejando remolinos frescos al azar y las gaviotas ... majestuosas... salpicaban el silencio y también el cielo inmensamente azul.
El viaje fue largo, tal vez un viaje eterno, o al menos de una vida completa hasta donde había llegado su presente - Embarcas rumbo a tus tierras – le aclararon... y ella no sabía donde era eso, pero le encantó la idea, se entregó al viaje, a las olas, a las velas...
Velas de un hermosísimo barco enteramente de madera, hierros, palotes y blanquísimos mantos elevados al cielo siempre azul. Que viaje hermoso, solitario, pero hermoso!
Caminar por su cubierta no era algo para hacer con descuido, el balanceo constante del barco sobre el inmenso mar obligaba a soltar el cuerpo dejándolo cabalgar sobre esas maderas crujientes...
Maderas que a su vez delataban cada paso en su conciencia, solo el equilibrio interno del constante balanceo entregado al mar permitía apoyar los pies sin resbalarse. Cada paso era pensado para que no fuera en vano, y al crujir la madera... el corazón sabía que el paso había sido dado.
Qué viaje mas extraño! Fuera de noche o soleado, nunca hizo frío, siempre estuvo despejado, el Universo entero descubría sus velos para que desde ese barco ella pudiera verlo. Embarcó de blanco, claro... y el equipaje era lo que llevaba “dentro”.
Un tiempo sin tiempo y sin palabras, mientras el viento soplara el barco avanzaba... y ella dejó de preguntarse el rumbo, el cuándo, o quién la estaría esperando... el viaje era hermoso, solitario, pero mágico.
Una vez al principio sintió hambre, pero al pasar los días entendió que este viaje le daba todo, el agua de rocío – porque nunca llovía – estaba siempre en algún hoyo acumulada, todo lo que necesitó en el viaje estaba a mano si contemplaba en paz el barco, el mar, el Universo...
No tenía cubierta, camarote o un techo, a la intemperie total, liberada a la suerte del tiempo fue su viaje eterno... comprendió que las estrellas hablan, que el Sol baila, que la Luna tiene las olas mas grandes que conociera en una suave marea de todas las aguas...
Las gaviotas iban y venían a veces, suponiendo tierras cercanas, pero el barco seguía al viento y nunca se detenía.. entendió que las gaviotas iban en busca de otros barcos para llevarlos a otras tierra y que a ella solo la saludaban... pero alguna vez le cantaron...
Fue un canto que entendió con el alma... era una gaviota enteramente blanca, al terminar de cantar desplegó sus alas... que resultaron enormes para su cuerpo liviano, tan grandes como para abrazarla... y sintió que la abrazó un Ángel dejándole el calor del cielo en su aura.
Un día las gaviotas no pasaron por pasar, volaron mas bajo, y en toda la cubierta aterrizaron... ella entendió que la venían a buscar. El barco giró sin timón, el viento lo acompañó. Y en el horizonte se dibujó una línea con relieves en ocres, justo cuando terminaba de salir el Sol...
Mientras ... el agua del mar hizo de manto naranja para entregar sin olas un barco viajero... con tripulante de blanco, solitario y en paz... volviendo a sus tierras en un amanecer de fuego con gaviotas del cielo y el viento de Capitán.
Sus pies desnudos pisaron la arena, liviana, sedosa se mezcló entre sus dedos, tibia y acogedora ... así, la recibió la tierra. Elevó la mirada, las gaviotas la guiaban pero no tenía dudas que hacia el amanecer reciente debía avanzar, veía una luz a lo lejos, y sabía que esa era SU señal.
Se tomó su tiempo, danzó entre los destellos de las últimas olas del mar y el polvo de arena que levantaba al girar, despidió al barco con un ademán abierto y su beso cálido de viento lo hizo zarpar... allí se quedaría, no sabía cuanto, pero el Universo todo le daba así que no volvería a mirar atrás.
Avanzó aún sintiendo el balanceo del mar, sus pasos ya no crujían... en la tierra ella parecía volar, sus pasos no necesitaban ya despertar su conciencia, estaba entregada al encanto de soñar. La luz del horizonte era su luz, y la unión estaba cerca... sonrió... descansó...
La playa fue quedando atrás y en el camino comenzaron a brotar girasoles enormes, altos, que seguían al sol con sus enormes platos dorados, sus manos tocaban los pétalos y hojas del enorme semillar, fue sintiendo la energía de quién gesta y da... su pecho cada vez mas abierto se entregó al Sol igual que el vientre de semillas del girasol.
Sin darse cuenta en su danza de tallos, amarillos y soles, fue arribando a una llanura verde, calma, de total silencio que en medio de su inmensidad acunaba la luz que ella había visto al desembarcar...
Su viaje en barco de velas donde el viento era el Capitán dejó todo atrás, pasó por playas cálidas de danzas entregadas al amanecer, caminó por campos de girasoles donde el Sol mismo gesta la vida, y ahora la paz de la llanura le entregaba SU luz en medio de un altar dentro de un sencillo templo.
Sus pupilas abiertas con la entrada ya directa al alma, contemplaron las columnas blancas alzadas al cielo, dispuestas en círculo queriendo llegar al Universo... tres escalones separaban la platea blanca del verde del suelo, los subió despacio sintiendo... sintiendo...
Al ingresar al templo descubierto sin paredes ni techos, la liviandad de su ser se expresó en un leve vuelo, y sin saber porqué ella fue hasta el centro para elevar su mirada a OTRA mirada inmensa!
Un águila sobrevolaba su altar, con su vista que todo lo alcanza, y unidos por un hilo sin tiempo, ilimitado y sin razón... ella observaba entre velos que jugaban a luces, destellos ... todo lo que el águila observaba en su maravilloso vuelo...
El águila aguerrida voló lejos, le mostró secretos, sueños, anhelos, le mostró un pasado, la dejó en el templo en su tiempo y luego se alejó a soñar un futuro donde todo era nuevo... Los destinos – pensó – no están escritos, o al menos hay muchos caminos...
Sintió recostada en su templo, el poder de la libertad encerrado en su pecho... y en ese suspiro de todo lo cierto, soltó al Universo hasta el último aliento... instantes después se encontró con el águila “unidas” en vuelo, ella era el ave... surcando los cielos...
Volvió... porque le tierra tocó sus pies con amor en aquella playa. Volvió porque los girasoles le dieron sentido al movimiento del Sol. Volvió ... porque su luz ha crecido tanto que desde el templo puede transformar, volar, acunar, soñar, irse y volver 1000 veces... AMAR, morir y volver a empezar...
Recordó el comienzo, el barco crujiente, las olas, su corazón entregado al viento, las estrellas de techo y tanta soledad... Pensó en un espiral – sin fines ni comienzos, donde solo la voluntad y el valor hacen virtuoso su andar – vestida de blanco sonriéndole a la inmensidad.